Metafísica de la Sexualidad.
Nuestras evaluaciones morales de la actividad sexual se verán afectadas por lo que vemos en la naturaleza del impulso sexual, o del deseo sexual, en los seres humanos. A este respecto, existe una profunda división entre los filósofos que podríamos llamar optimistas sexuales metafísicos y los que podríamos llamar pesimistas sexuales metafísicos.
Los pesimistas en la metafísica de la Sexualidad, perciben el impulso sexual y actúan sobre él como algo casi siempre, si no necesariamente, inadecuado para la dignidad de la persona humana; ven que la esencia y los resultados del impulso son incompatibles con objetivos y aspiraciones más importantes y elevados de la existencia humana; temen que el poder y las demandas del impulso sexual lo conviertan en un peligro para una vida civilizada y armoniosa; y encuentran en la sexualidad una amenaza severa no solo para nuestras relaciones adecuadas y nuestro trato moral con otras personas, sino también una amenaza para nuestra propia humanidad.
Del otro lado de la división están los optimistas sexuales metafísicos que no perciben nada especialmente desagradable en el impulso sexual. Ven la sexualidad humana como una dimensión más y más inocuo de nuestra existencia como criaturas encarnadas o animales; juzgan que la sexualidad, que en cierta medida nos ha sido dada por la evolución, no puede sino ser propicia para nuestro bienestar sin restarle importancia a nuestras propensiones intelectuales; y alaban en lugar de temer el poder de un impulso que puede elevarnos a varias formas elevadas de felicidad.
El tipo particular de metafísica del sexo que uno cree influirá en los juicios posteriores sobre el valor y el papel de la sexualidad en la vida buena o virtuosa y sobre qué actividades sexuales son moralmente incorrectas y cuáles son moralmente permisibles. Exploremos algunas de estas implicaciones.
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